Ahí, al otro lado, yace su cuerpo desnudo. Respira despacio, con la misma monotonía con la que todo lo hace, con la mecánica cadencia de las horas. Apenas me maltoca, se aleja a dormir a su orilla. Ya no es quien era. Yo puedo imaginar dentro de él el cadaver descompuesto de aquel al que quiero, el que una vez estuvo, que tanto y tan poco se parece al desconocido que comparte hoy mi cama. Puedo sentir el hedor. O quizá, en sus entrañas, retorcido de dolor aún agonice. Mi niño. Le desprecio porque lo mata poco a poco. O porque ya lo ha muerto. Cierro los ojos, haciendo un esfuerzo para dormir. Quiero estar de él a la abismal distancia que separa su sueño del mío.
