Noche cerrada. La tormenta ruge y aporrea furiosa los amplios ventanales de la estancia donde ellos se acarician. Cada relámpago los fotografía desnudos y jadeantes. Ella sobre Él. Él arañándole la espalda. Ella a cuatro patas. Arriba. Abajo. Cada flash los sorprende en un delirio. Él aferrado a sus caderas. Él agarrándola del pelo. Los truenos acompasan sus gemidos. Ella conteniendo las envestidas. Ella mordiéndose el labio y apretando con los puños cerrados la sábana. No les importaría morir con el último rayo. Ella sacudiéndose espasmódicamente. Él con los ojos vueltos. Ella abatida sobre su pecho. Él fumando un cigarrillo mientras le acaricia la espalda. Dos colillas - una aún humeante - en el cenicero. Lo siento, cariño - lo de cariño es un decir -, pero mañana madrugo. Él se viste despacio, remoloneando, haciendo tiempo por si aflorara en Ella la piedad. Espera, le dice cuando está a punto de salir. Él se vuelve esperanzado. Ella saca del cajón un paraguas. De esos plegables que caben en un bolsito. Amarillo con flores blancas y rojas. Te lo regalo. Y le sonríe. Él lo coge, intenta devolverle la sonrisa con una mueca mal conseguida, y abre la puerta de la calle. Joder, qué forma de llover.
miércoles, 14 de julio de 2010
viernes, 2 de julio de 2010
Demodé.
La ruidosa estancia ha quedado de repente en absoluto silencio. El repiquetear de las copas y el murmullo animado de la conversación han quedado suspendidos. Todos la miran con sorpresa, y algunos hasta con cierta expresion lastimera. A la señora de la pamela beige se le escapa un Jesús Bendito. El señor del monóculo carraspea. La dama del vestido de gasa con motivos florales se santigua y le dice algo al oído al joven del chaleco de pata de gallo. Martín, el pobre, que nunca se entera de nada, no sabe de qué va el asunto. ¿Qué ha pasado?, pregunta al anonadado caballero de su derecha. Que la chica dice que no tiene Facebook.
martes, 1 de junio de 2010
Aquellas musas tristes.
El escritor empieza a jugar con el bolígrafo que tiene entre las manos. Garabatea dos palabras. Con letra guarra. De ésta que no se entiende. Las tacha y empieza una frase. La tacha y empieza otra. La tacha y empieza un dibujito abstracto de espirales y trazos. Hojea sus notas y subraya alguna reiterativamente, buscando seguir algún hilo. Suelta el boli con desgana y se levanta de la mesa. Coge de la estantería un ejemplar de su último libro publicado y lo abre por una página al azar. “Poema sin rastro de ti”. Lo lee. Es jodidamente bueno. Hasta doler. Cierra los ojos. Se concentra. Intenta evocar la tristeza. (Todo es negro, todo es negro, todo es negro). Se hace un ovillo en la cama. (Todo es negro, todo es negro, todo es negro). Suena un mensaje en el móvil. Da un respingo y se lanza al escritorio a por él. Antes de abrirlo ya sonríe. Puñetera felicidad.
jueves, 13 de mayo de 2010
SEA QUIEN SEA.
Sea ella quien sea, a Mariela no le nace otra cosa que estarle agradecida. Debe verla los jueves, porque ese es el día que su marido entra en casa como los ladrones, esquivo y como de puntillas, y se va pronto a la cama. Mariela se lo pone fácil y trata de no tropezarse con él por los pasillos, para que pueda vivir la agonía de la culpa en privado. Lo conoce de sobra y sabe que los fantasmas le torturan en la misma medida que las ganas le alimentan.
El caso es que de un tiempo a esta parte, ya sea por la mala conciencia, ya sea porque sea quien sea lo tiene más excitado de la cuenta, ya sea por ambas cosas, Ernesto la toca bien. Transita rincones por los que nunca había andado y ha aprendido a hablarle al oído. La excita. La colma de besos y le quita las bragas en la cocina cuando los niños no están. Y Mariela, que hace ya años renunció a la fantasía de sentirse toda la vida enamorada de su esposo, vuelve a tener ese vértigo en el estómago cuando él finge que la quiere y la desea. Si algún día se la tropieza, sea quien sea ella, no querrá otra cosa que darle las gracias.
El caso es que de un tiempo a esta parte, ya sea por la mala conciencia, ya sea porque sea quien sea lo tiene más excitado de la cuenta, ya sea por ambas cosas, Ernesto la toca bien. Transita rincones por los que nunca había andado y ha aprendido a hablarle al oído. La excita. La colma de besos y le quita las bragas en la cocina cuando los niños no están. Y Mariela, que hace ya años renunció a la fantasía de sentirse toda la vida enamorada de su esposo, vuelve a tener ese vértigo en el estómago cuando él finge que la quiere y la desea. Si algún día se la tropieza, sea quien sea ella, no querrá otra cosa que darle las gracias.
viernes, 19 de febrero de 2010
Mercado laboral.
El sujeto R sabe que hay problemas para encontrar trabajo. Está cansado de ir de aquí para alla con el curriculum en la mano, trabajando sólo a ratos y llegando sólo a veces a fin de mes. Es por eso por lo que ha ingresado en el seminario para ser sacerdote. El sueldo es modesto, pero te ofrecen un sitio en el que vivir y tampoco R tiene grandes pretensiones económicas. Sólo quiere una vida tranquila y estable. El trabajo es llevadero; un par de oficios diarios, eventualmente bodas, bautizos, comuniones y funerales, tareas docentes en catequesis y cursillos prematrimoniales, y asistencia al prójimo. R no cree en Dios, pero no considera eso un problema. No es la primera vez que miente en el curriculum. Tampoco es la primera vez que vende las bondades de algo en lo que no cree. El año pasado sin ir más lejos ofrecía puerta por puerta un tratamiento capilar anticaída. El único inconveniente que le encuentra a su nueva orientación laboral es Benita. Ahora tendrá que verla a escondidas.
El sujeto C, por el contrario, va a misa a diario. Eleva sin pudor la voz en los cánticos y se emociona en las partes álgidas de las eucaristía. Enlaza fuertemente sus manos en las plegarias mientras dice con devoción, gracias, gracias, gracias. C tiene formación en teología y probada piedad cristiana en misiones y campañas de ayuda. Al sujeto C le encantaría ser sacerdote, pero no puede. El sujeto C es mujer.
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lunes, 15 de febrero de 2010
Dicotomía entre el querer y las ganas.
Hacemos encaje de bolillos para vernos. Lo poco o mucho que nos permiten las agendas. Nos besamos con ternura. Paseamos la ciudad de punta a punta y gastamos el tiempo que compartimos en abrazos y carantoñas. Cómo estás. Háblame de tu vida. Beso. Nos miramos a los ojos. Beso. Nos sonreímos. Beso. Nos olemos. Beso. Me busca los lunares y yo le acaricio la nuca. Cuánto le quiero. Nos despedimos como si temiéramos perdernos entre vez y vez. Apretándonos fuerte. Luego me voy y fantaseo con nuestro próximo encuentro. Acércate, debiera decirme con voz firme y parca apenas me viera, sin siquiera un hola. Y ahora arrodíllate. Y abre la boca. Así, eso es.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Una de cine negro.
No quiero morir. Tirado en el suelo se agarra con fuerza el pecho. Una mancha oscura de sangre se extiende en su gabardina gris. La calle gris. La noche gris. La chica, rubia ella, lo sostiene en su regazo. No le quiere. Sólo lo finge para que él no muera solo. Le llora, eso sí. No vas a morir. Sé valiente, te pondrás bien. Mentira. Él no es ni noble ni honrado. Ella de mujer fatal sólo tiene lo angosto de su cintura. Pero qué importa eso; la fotografía es espléndida. Él se estremece en sus brazos y van pasando los minutos. Aún respira. Ésto se está alargando más de la cuenta, piensa ella.
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